En el pueblo era comida, merienda y cena de muchos. Nuestras abuelas entraban en la despensa y cortaban suelas de tocino de 2
cm. de espesor que ponían en la sartén para que la loncha fuera
derritiéndose hasta nadar en su propia sustancia.
Aparentemente doraditos los torreznos resultantes, al meterles el diente mostraban su interior blando y molestamente grasoso.